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¿Por qué siempre pagan justos por pecadores?

Soy un pringao

El sábado me las prometía muy felices.

Para celebrar el fin del estado de alarma había decidido ir al teatro por primera vez en muchos años.

Además mi mujer tenía un compromiso. Me había dado fiesta. Estaba de Rodríguez.

Elegí “Speer”, en el Teatro La Gleva de Barcelona.

No fue una elección al azar. Me interesaba la recreacion que hacía Pep Munné del dirigente nazi.

Por casa corría la leyenda urbana de que el actor era de mi barrio e incluso había ido a la escuela con mis hermanos.

Ponerse en la piel de otra persona ya debe ser difícil pero hacerlo en la del ministro de Armamento del III Reich deber ser una tarea titánica.

Probablamente el hombre que -con su capacidad de organización- hizo que la Segunda Guerra Mundial se prolongara un par de años más.

Lo confieso: Albert Speer es, desde un punto de vista psicológico, uno de mis nazis preferidos. Lo de "preferidos" dicho con toda cautela.

Porque no me creo la teoría de que era el nazi bueno.

Fue él mismo el que, en el juicio de Nuremberg, empezó a transmitir la idea de que quiso matar a Hitler con un gas venenenoso en las postrimerías del conflicto pero que las dificultades técnicas se lo impidieron.

No hay pruebas, claro. Era su palabra. Pero eso, probablemente, le salvó de la horca.

Le cayeron treinta años. No le perdonaron ni un día. Salió en 1966.

Falleció años después (1981) mientras echaba un polvo en un hotel de Londres con una admiradora inglesa.

Lo tenía todo preparado para la ocasión. Hasta había recuperado las Memorias -en mi vieja edición de Plaza y Janés- y el Diario de Spandau, todavía más desvencijado.

Incluso pensé en llevarme la lista de participios irregulares en alemán a ver si se tenía un momento o se me pegaban por osmósis.

Pero la cosa empezó a torcerse en la estación de Sant Joan Despí.

Por megafonía nos informaron que una avioneta había tenido que aterrizar en la autopista de Sabadell.

No acabé de entender cómo un accidente en semejante lugar puede poner en jaque toda la red ferroviaria. Sin embargo el mensaje era claro: que espabilásemos. Iba para largo.

Eran las siete menos cuarto de la tarde. Había salido con tiempo suficiente. Pero empecé a impacientarme.

La función era a las ocho. No sé ahora pero antes si llegabas una vez empezada no te dejaban entrar. Por respeto a los actores y al resto del público.

Algunos pasajeros nos pusimos en marcha en busca del tranvía. Todavía tenía esperanzas de llegar a tiempo.

Confieso que no lo había cogido nunca. Mi medio de transporte público habitual es Rodalies.

Mientras lo esperaba palpé en el bolsillo si llebava el monedero con suficiente cambio para pagar el billet. Sí, llevaba.

Cuando subí al convoy me di cuenta de que tenía que haberlo comprado antes. En la estación. A la pareja que iba conmigo -intentaban llegar a Terrassa- les pasó lo mismo pero los perdí de vista.

Pensaba que era como los autobuses de mi infancia, que se podía pagar al conductor. No, va en una cabina blindada.

O que, como en mis años mozos, podría comprarse el billete al revisor. Al fin y al cabo en las estaciones no hay barreras. Craso error que pagaré caro.

Ante mi cara de sorpresa, algunos pasajeros me lo explican. Incluso intentan tranquilizarme: que el fin de semana hay menos revisores. Que muchos se cuelan.

El bonotren de Rodalies, por supuesto, tampoco funciona. Pregunto a un pasajero si me dará tiempo en la próxima estación a bajar, comprar el billete y volver a subir.

Me dice que no. Además ahora ya voy justo de tiempo. El tranvía es más lento y hace un largo recorrido por el Baix Llobregat antes de entrar en Barcelona.

Tengo la moto en Plaza Catalunya. Lo mejor será pillar un taxi en Francesc Macià a toda prisa. Un sudor frío recorre ya mi frente. Trago saliva.

Nos acercamos a la Diagonal por el sur, entre Cornellà y Esplugas, un territorio ignoto para mí.

Si me bajo aquí estoy perdido. Tampoco veo taxis. La actividad económica todavía está a medios gas. Parecía más un domingo más que un sábado.

Sólo cuando nos acercamos al Camp Nou veo algún cruce que se me hace familiar a pesar de que no sea futbolero.

Para aligerar los nervios voy leyendo el dietario de Lluís Bassets ("Les ciutats interiors"). Sus observaciones personales sobre la pandemia me interesan menos porque el covid lo hemos vivido todos.

Pero en sus reflexiones sobre el proceso o sobre periodismo da en el clavo.

“Éste es un país pequeño que ha sido empequeñecido todavía más por su clase dirigente más pequeña de la historia”, por ejemplo.

O éste otro: “¡Pobres diarios en papel! ¡Pobres diarios”.

Además, de vez en cuando, da un zarpazo: “Estos años, con el proceso, el tren de vida de Rahola no ha hecho otra cosa que mejorar”.

Va a parecer una excusa lo que voy a contar a partir de ahora. Pero no me cuelo nunca.

Es superior a mis fuerzas. Debe ser un trauma infantil.

De pequeño mi abuela materna me llevo a ver Tiburón. En el Urgel, ya desaparecido. Creo que ahora es o tiene que ser un Mercadona.

Había un cola inmensa porque era la película del año, quizá de la década.

Se coló con todo el desparpajo del mundo. Aquel del que sólo son capaces los abuelos.

Me dio mucha vergüenza. Lo pasé fatal.

Se lo perdono porque las abuelas de su generad¡ción pasaron la guerra, las farinetes, la posguerra, la dictadura.

Este país no empezó a levantar cabeza hasta los años sesenta con el 600 y los primeros turistas.

Además estoy harto de ver cómo se cuelan en Rodalies.

El mismo día de autos detrás mío intentó colarse uno. Y no voy a decir la nacionalidad porque me acusarían de racista.

El método es simple. Se hacen los despistados y, cuando metes el billete en la máquina, se te pegan a la espalda.

En estos casos me giro y siempre digo lo mismo: “yo pago” mientras exhibo el billete en la mano. A veces he puesto en peligro mi integridad física.

Esta vez lo conseguí y el honbre se dio por vencido. Pero un par de minutos después se había colado detrás de unas chicas.

En otra ocasión, entraron unos interventores en el tren y calculé que, de cada cuatro personas, una iba sin billete.

A veces he visto pasar sin pagar de cuatro en cuatro. Incluso con bicileta o con móvil de última generación en la mano.

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En otra casi una veintena de personas. Como lo grabé en el móvil casi me pegan.

Y recuerdo que el entonces consejero Quim Nadal -tras el traspaso del servicio a la Generalitat- fue a Molins de Rei en visita oficial y uno salto la valla delante de sus propias narices.

El último incidente que presencié fue hace apenas unos días. Otra vez en Martorell. Un queso gruyère.

Una chica daba empellones para poder salir y cuando la mujer de delante se quejó recibió una tanda de improperios. Que qué se había creído.

 

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Si en el tranpsorte público pagaramos todos el déficit se reduciría a la mitad y las admnistraciones tendrían que poner menos. Pero nadie se atreve a decirlo y menos aún a tomar las decisiones necesarias.

Sin olvidar que en el Trambaix pasa lo mismo o peor. Pero el sábado me tocó a mí. Precisamente a mí.

Porque cuando estábamos llegando subió un revisor por la puerta de delante.

Me abalanzé sobre él.

- Perdone, voy sin billete. Me ha pasado esto. Le cuento lo de la avioneta, que Rodalies nos deja tirados, que no había cogido nunca el tranvía, que no sabía lo del billete, que llego tarde a una obra de teatro, que tengo que escribir un reportaje -ése era mi propósito-, que si puedo pagarle el billete.

Incluso me pregunta dónde he subido y se lo digo con toda sinceridad: en Sant Joan Despí. La distancia parece que agrava el delito. No hay atenuantes.

Me dice que tiene que me multarme.

Vuelvo a contarle todo a ver si se apiada de mí. Si no me deja continuar ya no llego a tiempo. En Francesc Macià debería pillar un taxi y salir a toda velocidad.

Pero veo que se acercan ya dos vigilantes privados y se situan a mi espaldan. Estoy rodeado.

Hasta el sábado yo todavía creía en la buena fe de la gente.

Incluso había defendido siempre a los vigilantes. Sé que haden un trabajo ingrato. Hasta hice recientemente no sé si un tuit o un insta a favor suyo.

Me pide el billete de Rodalies. Se lo muestro. Se lo queda infringiendo todas las normas sanitarias en época de pandemia. Debe pensar que igual salgo corriendo

Hago un tercer, cuarto intento. No hay manera. Es como una roca. Un muro infranqueable. Insiste en que tegno que pagar la multa. Son 50 euros. "¿50 euros?"

No se ablanda. Ni siquiera me he planteado bajarme del convoy en cuanto le he visto subir.

Me pide el DNI.

Entonces me viene a la cabeza el editorial del Estatut -aquel que hicieron a cuatro manos Enric Juliana y el notario López Burniol- con el título “La dignidad de Catalunya”.

Ya puestos yo también voy a apelar mi dignidad personal.

O las proclamas de Colau a favor de la desobediencia. “Desobedeceremos las leyes que nos parezcan insjustas”, decía la alcaldesa.

Y las de Torra: “”.

A mí, mi caso, también me parece una injusticia.

¿Con que autoridad moral ahora un empleado público me pide a mí que obedezca?

Pero si el expresidente ha sido condenado por desobediencia “reiterada y recalcitrante.

¡Hasta presume de no pagar la multa!

O el consejero de Exteriores, Bernat Solé, también condenado por “desobediencia grave”.

Me hacen bajar en Diagonal/Numancia. A la altura de los Mossos. Los vigilantes no me quitan ojo.

Deben pensar que echaré a correr. Eso nunca. Yo soy partidario de asumir siempre las consecuencias.

No se me pasaría por la cabeza, por ejemplo, huir en un maletero. Yo soy partidario de asumir las consecuencias de los actos inviduales.

Barajo otras opciones.

Montar una performance del procés. Pedir un relator internacional. Decirles aquello de sit and talk. Llamar a TV3.

Organizar un no vull pagar individual. ¿Se acuerdan?. Como los que hacía ERC hace unos años, cuando estaban en la oposición, contra los peajes.

Sobre todo ahora que el gobierno ha anunciado peajes para todos. No he oído a Rufián. Claro que ahora son socios parlamentarios en Madrid.

Hasta hay algún vídeo de Quim Torra en el que le ve saltándose una barrera con toda la familia cuando hacía de activista. Cosa que, por otra parte, no ha dejado nunca de hacer.

Una posibilidad es plantarme en plan cebolla como aquella vez aquel diputado de la CUP, Carles Riera, delante de Fiscalía.

O hasta apelar a la caixa de solidaritat aunque últimamente debe tener tensiones de tesorería. El alquiler de Waterloo tiene que salir de algún lado.

Al final llean los Mossos. ¡Dos dotaciones! ¡Cuatro agentes!

¡Cómo los eché en falta en la Meridiana!

En cuanto llegó le preguntó al jefe del dispositivo: “¿Si no le enseño el DNI me detienen?”

Me veo en la comisaría de las Corts haciendo al menos un reportaje en plan Truman Capote.

Además si llaman al consejero Sámper seguro que les dice que me encierren 48 horas.

Siempre puedo hacerme la víctima. Como los del proceso.

Declararme preso político. Un represalido. Iniciar una huelga de hambre. A ver si Rafael Ribó me echa una mano.

Total, ¿quién cumple con las normas en este país?

¡Cuatro pringaos!

Ya puestos le preguntó cuántas multas por el confinamiento han cobrado. Especialmente entre los que iban a la Cerdanya o a la Val d’Aran.

Porque yo he cumplido a rajatabla.

Por cierto, gracias a la Ley de Seguridad Ciudadana. La misma que la izquierda política y mediática bautizó como Ley Mordaza.

Hasta la recurrieron al Constitucional. Están poniendo multas gracias a una ley que han recurrido al TC.

La paternidad es, además, de Jorge Fernández Díaz. Aquel exministro del Interior que luego ponen verde en TV3.

Me vienen a la cabeza más dudas metafísicas: ¿cuántos detuvieron por las manifestaciones de Pablo Hasel? ¿Y por los escaparates rotos en Paseo de Gracia? ¿A cuánto subían los desperfectos?

Los que tienen la inmensa paciencia de seguirme saben incluso que cubrí un día una manifestación -retransmitida en directo por youtube- en la que dos jóvenes que estaban quemando contenedores no sabían ni por qué era la manifestación.

¿A éstos los multaron?

Y en otra ocasion pillamos en e-notícies a unos menas haciendo destrozos impunemente.

¿Cuántos detuvieron por la batalla de Urquinaona? Pero si hasta había una madre que dijo que su niña estaba haciendo historia.

Y en Perpiñán, en el mítin de Puigdemont, la exconsjera de Educación -nada menos que de Educación- les dio la bienvenida.

Sin olvidar aquella autopista que cortaron quince horas -¡quince- sin que los Mossos hicieran nada.

O el corte del del AVE: la alcaldesa de Girona, Marta Madrenas, se fotografió en las vías y una concejal iba haciendo llamamientos a la movilización por las redes.

En fin: la okupación del Aeropuerto, el bloqueo La Jonquera durante tres días -con concierto de Lluís Llach incluido- o el corte de la autopista a la altura de Salt durante toda una noche.

Hasta se me pasó por la cabeza poner en plan Rahola. Cuando el coche se le llevó la grúa en Badalona: “usted no sabe con quién está hablando”. Pero, claro, yo no soy Rahola. Ni siquiera voy a TV3. Ella parece que viva allí.

Incluso algun gesto heroico muy en la línea del proceso. No sé, quemar un contenedor, por ejemplo.

Al fin y al cabo hasta la presidenta del Parlament, Laura Borràs, dijo que no era violencia. Si no es violencia no hay delito.

En fin, saqué tres conclusiones vitales.

Primera, que soy un pringao. Siempre pagan justos por pecadores.

Segunda, Catalunya no es solo una sociedad en declive sinó también una sociedad en descomposición.

En declive no hace falta que les cuente por qué. A la hora de escribir estas líneas -lunes 10 de mayo- llevamos 222 días con gobierno en funciones y 84 días desde las elecciones.

En un país con 22.000 defunciones por el covid, más de 4.500 en residencias. El consejero correspondiente, Chakir El Homrani, -al que tuvieron que sacarle las competencias de lo mal que lo hacía- sigue en su puesto.

Y en descomposicón porque, como me dijo una seguidora, Núria Calvet, en un comentario en youtube.

“Rius, estamos contigo !!! Okupar, pinchar la luz, hacer ruido y molestar a los vecinos, colarse en el Metro … ningún problema. Pero si un ciudadano honesto como tu falla ni que sea un día cae todo el peso de la ley sobre él, es injusto". Gracias, Núria.

Mientras que otro, Ametllet, lo sintetizó con esta palabras:, “la Renfe es un coladero des de siempre. Da mucha rabia que justo te pillen a tí sin billete cuando sabes que aquí sólo pagamos los tontos”

Frustrado y dolido llego a casa pasadas las diez de la noche -el servicio todavía no está normalizado- y 50 euros menos en el bolsillo.

Mi mujer se apiada de mí y me viene a buscar a Sant Feliu.

Mis hijos -a los que tengo expresamente prohibido viajar sin billete- me miran con cara de “papa ha vuelto a pringar”.

Mañana será otro día. La única noticia buena es que contactado con el teatro por mail me dicen que puedo utilizar la entrada otro día. Se lo agradezco.

Y, por cierto, ya he pagado la sanción. No me gusta pedir favores. Ni siquiera a la ATM. Pero ojalá pagaran todos./ Un reportaje de Xavier Rius

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16 Comentarios

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#9 Francisco, Rubi, 11/05/2021 - 11:32

Pienso que fue una conspiración de dos personajes que usted nombra a menudo y meterle miedo para que vuelva al redil indepe.
Rius; los vigilantes cumplen con su trabajo y el revisor también.Usted por un día no cumplió.
Según foto de prensa,la avioneta aterrizó junto línea Renfe al lado aeropuerto de sabadell,no en la autopista.

#8 Pan con tomate y jamón ibérico, El Trabuco catalán...!!, 10/05/2021 - 23:25

Eres un pringao Rius... ¿a quien se le ocurre, en los tiempos que corren, ...ser una persona decente?

Pues a mí me pasó algo peor en el metro, había comprado el billete, pero cuando me lo pidió el inspector, no lo encontré, lo había perdido. La multa, que pagué... me sentó a cuerno quemado...



#7 Pedro Gomez, Barcelona, 10/05/2021 - 17:51

El Revisor Gordo Calvo del Trambesós actúa violentamente con usuarios pacíficos.
Quiero denunciarlo aquí.

#7.1 Fer, BCN, 11/05/2021 - 00:54

en efecto, por que si son extranjeros o de la etnia gitana, mira hacia otro lado.

#6 Fran BCN, Bcn, 10/05/2021 - 17:08

Rius jo no hagués pagat...tenies arguments de sobres...i volies pagar. Que els garrulos inspectors i seguretatas t'acollonissin no és argument. Si creus què una cosa es injusta.has d arribar fins el.final..

#5 José Maria González , Barcelona , 10/05/2021 - 16:45

Sr.Rius, tómese la justicia poética por si mismo y no pague
Rodalías hasta que amortice los
50 eurazos que le sacaron por la cara.Y sume otros 50 por los daños morales y pérdida de tiempo causados.
Tienen razón los otros opinadores, si te ven buena persona, lo tienes en japonés.

#5.1 Fer, BCN, 11/05/2021 - 01:00

Eso es cierto, en el transbordo de Sagrada Familia, hace ya unos años, me pararon a mi, a mi mujer, a mi hijo y a mi suegra, me puse bastante borde, incluso señalando a quien si se habia colado, en cuanto percibieron mi cabreo (y no soy una bestia parda pero si tengo cara de mala leche, que le vamos a hacer), pasen y hasta luego...cobardes!!!